Hay películas que nacen en la sala de montaje. Marty Supreme es una de ellas. Y no, no es un cumplido.
Lo que tenemos aquí es un festival de secuencias de alto impacto, coreografiadas
como si cada plano fuera a ser el último.
La cámara nunca descansa, los colores
saturan la retina, la música te golpea en cada transición. Es una experiencia visceral, sí, pero también hueca.